Funny Games me causa tanta angustia como fascinación desde el principio hasta el final. Completamente angustiosa, es como una bofetada de horrible realidad. Pero no solo la “divertida” Funny Games, que probablemente es su obra más conocida, si no todas y cada una de las películas de Michael Haneke. Sería bastante retorcido, e incluso me atrevo a decir que arriesgadamente inútil, preguntarse el porqué de los temas oscuros e insólitos que este hombre elige.
La cuestión es que en su filmografía predomina un tema: la perturbada mente del ser humano. Esto lo extendemos a su concepción de sociedad actual trastornada, por los mass media y/o por la oscura e innata condición de seres humanos.
No es de extrañar que este tipo de cine controvertido, venga de la mano de un psicólogo y filósofo, que sabe muy bien de lo que habla. No es fácil ver sus películas, el espectador se somete a una dura “terapia” en donde el resultado no es, ni mucho menos, predecible. Su cámara tiene ojo clínico para sacar a la luz la violencia humana y sus rincones más angustiosos. Y nada es gratuito. Todo está hecho de forma objetiva.
Si nos centramos en Funny Games, veremos en ella su obra más bestial, compleja y chocante. Pero no os confundáis, no por ser explícita, si no por ser opresiva.
Todas sus obras nos relatan comportamientos psicópatas con una normalidad y frialdad que te deja “a cuadros”. Benny’s Video o Caché son prueba de ello. Con Haneke no se encuentran respuestas, el tal solo expone los hechos de una forma tan clara, impactante y sobre todo, actual, que hace que aparezcan en el espectador millones de interrogantes.
La mejor conclusión… sus propias palabras: “…Es la rabia que sale del mundo actual. Es el resultado del mal que hacen unos, conscientemente o no, a los demás a todos los niveles, a cualquier escala. Además, los medios para hacer daño son cada vez más eficaces... No es la primera vez que me tachan de sádico, pero es un reproche sin fundamentos. El papel del cineasta es rascar donde duele, desvelar lo que no se quiere saber ni ver. Pero de ahí a que sea placentero, no, sería perverso.”




